miércoles, 7 de julio de 2010


Bushnell, David, Ensayos de historia política de Colombia, siglos XIX y XX, Medellín, La Carreta Histórica, 2006, 195 pp.

Los ensayos aquí reunidos se encuentran ligados entre sí no sólo por su tema, sino por su forma singular de tratamiento. Antes que una colección de textos dispersos, el libro muestra una unidad profunda, tanto por sus temas, como por la manera de examinarlos. De manera particular, sorprende en estos ensayos el tratamiento lúcido y en contacto con la actualidad política de América Latina y Colombia de figuras como la de Bolívar y Santander, las relaciones entre Colombia y Venezuela, o los antecedentes en el siglo XIX de los recientes procesos de apertura económica de finales del siglo XX.

Historia Crítica No. 31, Bogotá, enero-junio 2006, pp.214


Chávez, Bolívar y Santander

Muchos de los jóvenes de hoy se preguntan si, en realidad, Simón Bolívar fue el caudillo popular, antiimperialista y antioligárquico del que nos habla el comandante Hugo Chávez. Más aún, se preguntan si Bolívar era idéntico a este pintoresco presidente venezolano, el líder de la revolución bolivariana del siglo XXI.

Armando Montenegro

La respuesta a estos interrogantes es importante no sólo para valorar la figura del propio Libertador, sino, por contraste, para retratar a su opositor, el general Francisco de Paula Santander.

Para abordar este asunto es útil acudir a los escritos del historiador David Bushnell (Ensayos de historia política de Colombia, siglos XIX y XX; Medellín, La Carreta editores, 2006) en los cuales insiste en que las figuras de Bolívar y Santander deberían valorarse no con las ideologías y los mitos políticos de nuestros días, sino únicamente a la luz de la información histórica pertinente. Es más, sugiere que este examen se concentre en dos aspectos centrales: el récord de estos personajes al frente de sus gobiernos (es decir, de lo que hicieron o lo que dejaron de hacer cuando fueron presidentes) y los sectores sociales que los apoyaron en esas tareas (“dime con quién andas…”).

Bushnell advierte, en primer término, que la fabricación de un Bolívar de izquierda es un hecho relativamente reciente. Hasta la publicación de su biografía por Indalecio Liévano Aguirre, la figura del Libertador hacía parte del santoral de la derecha católica y antiliberal de Colombia y Venezuela. No es una coincidencia que entre sus panegiristas se hallaran Laureano Gómez, Lucio Pabón Núñez y el venezolano Vallenilla (el apologista del dictador Juan Vicente Gómez), al tiempo que los defensores de Santander eran miembros de la izquierda liberal y algunos del marxismo (Santander mereció incluso comentarios favorables del propio Marx).

En cuanto a la evidencia histórica, Bushnell insiste en que los aspectos centrales de la dictadura de Bolívar, cuando éste pudo impulsar sin oposición su programa político, no fueron para nada progresistas. Entre sus “realizaciones”, verdaderas contrarreformas de la obra de Santander, se encuentran: el apoyo decidido a la Iglesia Católica, la limitación a la separación de poderes, la prohibición de las obras de escritores liberales (Bentham, en particular), la eliminación de las municipalidades, el restablecimiento de los impuestos coloniales (la alcabala y el tributo de los indígenas) y la ampliación del fuero y los privilegios de los militares. Y, en el área de la política internacional, favoreció la idea de un protectorado británico, mientras que sus ministros apoyaban abiertamente la monarquía para la Gran Colombia.

Los aliados del gobierno de Bolívar no se encontraban entre las masas y los desposeídos. Estaban constituidos por el clero, los militares, los grandes terratenientes y, en general, por los miembros de las clases más altas. Por su parte, Bushnell insiste en que los seguidores de Santander eran grupos de profesionales e intelectuales que provenían de lo que hoy se denominaría la clase emergente; y señala, asimismo, que los dos populistas más destacados de la época, ambos con amplio apoyo popular en sus zonas de influencia, Obando y Padilla, militaron en el bando de Santander.

De todo esto se puede concluir que Chávez y Bolívar parecen coincidir en su desprecio por la separación de poderes y, en general, en su escaso entusiasmo por los principios liberales (el cónsul británico anotaba al respecto: “Bolívar parece ya convencido de que las formas republicanas de gobierno son unas quimeras…”). Difieren, eso sí, en la fuente de apoyo de sus respectivos gobiernos: mientras que los pobres y los sectores populares de Venezuela hoy votan masivamente por el coronel Chávez, a finales de la década de 1820 los grupos más privilegiados, los más ricos, eran el soporte de la penosa dictadura del Libertador.


Reseña publicada por: “El Espectador”, sábado, 27 de enero de 2007


Ramírez, Mario Elkin, Clío y Psyque. Ensayos sobre psicoanálisis e historia, Medellín, La Carreta – Facultad de Ciencias Sociales - Humanas Universidad de Antioquia, 2005, 10 p. 14x21.5 cm.

Autor: Renzo Ramírez Bacca, PhD

Departamento de Historia

Universidad de Antioquia


Mario Elkin Ramírez, profesor del programa de Maestría en Investigación Psicoanalítica de la Universidad de Antioquia (Colombia), ofrece una serie de ensayos inspirado en la obra de Sigmund Freud y Jacques Lacan. La importancia del libro radica en que nos brinda elementos conceptuales dirigidos a establecer un dialogo interdisciplinar entre la Historia y el Psicoanálisis. Es un texto que aumenta la diversidad del psicoanálisis contemporáneo, caracterizado por su profundidad, amplitud y riqueza conceptual, y que el autor ofrece en tres partes.

La primera, -Un paradigma epistemológico para el psicoanálisis-, dilucide las razones que influyeron en Freud para abandonar el paradigma positivista, y cómo desde el paradigma indiciario, y el terreno de la clínica de la neurosis y del estudio de los problemas de casualidades desconocidas, crea el método de investigación psíquica: el psicoanálisis. Explica el contexto y el pensamiento ilustrado de autores como Hume, Kant y Comte, y de maestros en el campo de la fisiología –todos ellos positivistas- como Bruke, Helmhotz y Du Bois Raymond. Es a partir de esa lectura que el autor ofrece su comprensión sobre la aplicación de los conceptos freudianos y lacanianos a objetos comunes de la historia y el psicoanálisis. Así mismo, ofrece el prisma conceptual y la confrontación de sus fuentes con respecto al marxismo; y resalta la inscripción del paradigma indiciario al psicoanálisis y a la Historia.

La segunda parte ofrece -El dialogo posible entre el psicoanálisis y la otra historia-, desde los objetos y métodos, pero en particular desde el plano teórico-conceptual. Explica la concepción de Lacan y Freud, para estudiar lo real, simbólico e imaginario, además del conjunto de representaciones que ello determina, y que pueden traducirse en la interpretación histórica de los imaginarios. Concluye que el terreno común y la relación potencial entre Historia y Psicoanálisis esta en el plano mental. Es en tal dialogo y a partir de la concepción lacaniana que estudia las probabilidades de tres tipos de historia: Historia de lo imaginario, Historia de lo real e Historia de lo simbólico. La perspectiva conceptual de ésta última, se apoya en el aparato de los “cuatro discursos” –discurso del amo, discurso histérico, discurso universitario y discurso analista–, como instrumento conceptual para “capturar la subjetividad en la historia de las mentalidades”.

Finalmente, en la tercera parte –Exploraciones en un dominio común– tres ensayos manifiestan el inicio de una exploración interdisciplinar apoyada en autores como George Duby, Edward Carr, Claude Levi-Strauss, Fernand Braudel, Norbert Elias y Michel Foucault entre otros, para tratar problemas distintos. En el primero se intenta comprender la percepción mental entre lo divino y el fin de los milenios, y la relación de Dios con la figura paterna a partir de marcos temporales distintos. En el segundo, trata la relación entre identidad, subjetividad y colectividad; a partir de los conceptos de identidad y segregación. Y en el tercero, se ofrece una aproximación sobre la historia presente, y un intento de buscar las raíces psíquicas del exterminio humano en la sociedad contemporánea.

En resumen, es un texto que puede inscribirse en la historiográfica psicoanalítica, y que invita a los historiadores a mirar y repensar el uso actual del paradigma indiciario en la disciplina, así como la promesa que ofrecen las herramientas conceptuales del psicoanálisis para desarrollar nuevos enfoques históricos.


A la sombra de Clío. Diez ensayos sobre historia e historiografía

Silva, Renán / Historia

La Carreta Editores, abril de 2007

Renán Silva es desde hace décadas uno de los más brillantes y estudiosos desde la academia de la relación entre historia y cultura en el país. Este sociólogo, doctor en historia moderna de la Universidad de París y profesor de la Universidad del Valle escribió uno de los libros de historia más serios del año: La historia de Clío. Los diez ensayos que componen este texto son el producto de más de treinta años de trabajo académico. Los primeros artículos son en realidad una reelaboración de algunos escritos publicados en 2003, y los demás son textos inéditos que el autor fue recopilando entre 2005 y 2006. En las páginas del libro (que el mismo autor dice que no solo está pensado para estudiantes de historia o sociología) hay bloques diferenciados en los que se habla de la compleja relación de la historia y las ciencias sociales y del trabajo que debe emprender el historiador para sacar el partido debido a sus documentos, así como reflexiones sobre la obra de Germán Colmenares (uno de los grandes maestros del autor).

Pero el libro trasciende a la misma historiografía para ocuparse de un asunto mucho más hondo: el análisis del método que debe seguir cualquier historiador para abordar el pasado. En ese sentido, dice Silva, no solo la técnica debe imponerse, sino, que, lo fundamental es cómo y desde dónde se interpreta la historia. Así, un buen historiador sería aquel capaz de hacer conciencia de que el análisis histórico es también un trabajo epistemológico, y cualquiera que pretenda hacerlo (desde los periodistas hasta los archivistas) no debe erigirse como verdad absoluta. Un libro, sin duda, necesario.

Publicación realizada en la Revista Arcadia, en la sección “La Lista Arcadia”, en la cuál se mencionan los mejores libros del año 2007 - Diciembre de 2007

jueves, 1 de julio de 2010

Cualquier información en nuestra página web:

En Bogotá, el día 3 de junio de 2010 fue presentado el libro:

“Diego Montaña Cuellar: un luchador del siglo XX”,

de María Teresa Cifuentes Traslaviña

Libro presentado por Álvaro Delgado, en la Librería del Fondo de Cultura Económica, Centro Cultural Gabriel García Márquez, de la ciudad de Bogotá.

Desde que María Teresa me contó, hace dos años, de su proyecto de escribir la biografía de Diego Montaña empecé a pensar en la suerte que corren los hombres y mujeres de la vida pública desde el mismo momento en que desaparecen del entorno en que tuvieron la mayor visibilidad. En un medio social azaroso y fugaz como el que nos tocó en gracia, donde solo la perversidad del poder parece tener vida eterna, pensaba en la velocidad y la eficacia con que olvidamos a los muertos más cercanos y admirables de la izquierda colombiana.

No hay una biografía competente de Víctor J. Merchán o Gilberto Vieira, así como no la hay de León de Greiff o Marco Ospina y los demás pintores no figurativos de la izquierda colombiana. Como en las filas de la izquierda aprendimos la política por disciplina partidaria antes que cultural, desconocemos la trayectoria ideológica de Fals Borda y seguimos sumergidos en un mar de dudas y nieblas después de intentar desembrollar el sentido de las confrontaciones políticas que concluyeron con el surgimiento de la izquierda contemporánea entre mediados de los años 20 y principios de los 30 del siglo pasado. Necesitamos saber de verdad quiénes fueron o son todavía Luis Carlos Pérez, Hernando Garavito Muñoz, Jacinto Jaramillo, Ventura Puentes Vanegas, Juan Pastor Pérez o Jorge Regueros Peralta.

María Teresa Cifuentes se atrevió a introducirse en las dudas, verdades y mentiras de uno de los más lúcidos y controvertidos líderes de la izquierda nativa, que, para honrar la memoria, mejor conviene llamar izquierdas. Un hombre altivo y a la vez reflexivo, que nunca se acomodó enteramente en ninguna posición absoluta. Abrigaba certezas pero era capaz de perder la certidumbre de las cosas indiscutibles. No le importaba perder. Siempre encontraría una puerta hacia otra verdad más convincente. Gustaba enormemente encontrarse con la muchedumbre y escuchar sus gruesas verdades y también sus blasfemias. Parecía un hombre previamente encargado para explicar la verdad que era posible encontrar entre los anarquistas. Sobre todo, si el auditorio era de jóvenes, Diego hilaba sus pensamientos con más facilidad y más alegría. Sonreía tenuamente mientras pronunciaba frases sorprendentes y unas arruguitas de picardía le tiritaban en las comisuras de los ojos. Era un conversador político profesional.

Nunca tuve una identificación programática acabada con Diego Montaña, y ahora creo que nadie la tiene con nadie, y que lo que une sólidamente a la gente de las izquierdas es la independencia del pensamiento y su irreductible vocación por la causa popular. Cómo transcurre ese suceso en las personas y cuál es el tamaño de las ofertas que presentan los más representativos dirigentes populares parece ser el meollo de lo que esperamos encontrar en la vida política.

María Teresa ha hecho el esfuerzo de describir esa personalidad vacilante e incansable que todos somos, sin la pretensión de encontrar aprobaciones condicionadas de su trabajo, aunque sí la de despertar el constante debate que debiera ser la actual izquierda colombiana y no lo es.

Ojalá este trabajo de investigación se convierta en un llamado más a sacar la discusión del sigilo y el enclaustramiento en que se la tiene, y que ningún estremecimiento, por escandaloso que sea, logra conmover. Es una izquierda que se engolosina con los presupuestos y camina frescamente hacia la institucionalización de sus costumbres, en el seno de la cual la crítica es omitida porque pone en peligro puestos, caudas electorales y hasta proyectos familiares de largo alcance. Tenemos la obligación de hacer el reclamo, porque ese mismo sector de colombianos es heredero de una historia plena de luchas formidables, caídas y recuperaciones y constituye la única garantía de la democracia, la verdad y la justicia de un país sumergido en la descomposición de todos los valores,.


Álvaro Delgado


En Bogotá, el día 27 de abril de 2010 fue presentado el libro:

“La Revolución científico-técnica y el colapso del socialismo real”,

de Darío Mesa

Libro presentado por Álvaro Delgado, en el Auditorio Germán Arciniegas, Biblioteca Nacional, de la ciudad de Bogotá.


Conocí a Darío Mesa a principios de los años 50, cuando conversaba con altos dirigentes del partido comunista en el primer patio de la recién estrenada nueva casa del partido en Bogotá, amparado por una marquesina que protegía de la ya casi olvidada llovizna bogotana y en las mañanas permitía recibir los rayos del sol mientras se conversaba. Eran los días azarosos que pregonaban el advenimiento de la dictadura rojaspinillista. Yo era un novato recién aterrizado en la capital y Darío ya tenía el pelo ralito y la musculatura de boxeador de peso medio con gafas y ya era persona de pocas palabras. Su talante, extraño a toda exhibición, incluía el pasar inadvertido en los certámenes y desaparecer del escenario a la primera oportunidad.

Pero yo me quedé con la impresión de su sabiduría dura y lejana. De ella hablaba el secretario general del partido, Vieira, y hablaban los jóvenes y los viejos que se arremolinaban para escucharlo. Poco después supe la enorme verdad: Darío era un versado en la “ciencia” marxista, una especie de eminencia juvenil de la teoría que antes que palabras empleaba gestos reflexivos y tolerantes frente el entorno revolucionario de la época. En esa tarea nada grata le acompañaban otros cuatro, cinco o seis compañeros de universidad prendidos de un tren revolucionario en el que cabíamos todos. Antes de que terminaran los años 60, sin embargo, todos habían desaparecido del patiecito enmarquesinado de la carrera 16.

No alcancé a escuchar, en vivo y en directo, siquiera una charla de Darío. Ni de casi ninguno de sus más cercanos hombres de estudio. Cuando pasé fugazmente por la universidad hacía diez años que él estaba de salida de la Escuela Normal Superior, de la cual habían egresado también mis profesores de bachillerato. Casi no volví a encontrarlo en las páginas de las publicaciones comunistas y solo me regía por las opiniones de sus alumnos y compañeros de viaje universitario. Pertenecía a la generación que salía de la adolescencia cuando estalló la insurrección republicana española y que, como la generalidad de la intelectualidad de izquierda que acompañó la lucha de los comunistas en los años 50, unió el triunfo del proletariado ruso de 1917 con el alzamiento antifascista español en lo que los dos hechos tuvieron de mensaje universal: el derrocamiento de la opresión y el rechazo de la guerra imperialista.

Darío conoce las dificultades que encontró en el camino la generación revolucionaria de los años 50, que de manera semejante a su sucesora de los 60 encontró la violencia y la guerra amigablemente casadas con el sectarismo y la intolerancia ideológica dentro y fuera de sus filas. Sabe que el primer texto de marxismo que leímos había sido escrito por Stalin y que nadie nos enseñó de la vida de Gorki ni de los hallazgos de Gramsci o Lukács. No conocimos páginas de Rosa Luxemburgo, Liebnecht ni Trotsky, y Antonio García nunca apareció en nuestro horizonte de historia patria y solo supimos que había fundado varias veces un partido socialista inexistente, de la misma manera que crecimos convencidos de que Lenin, como todos los dioses occidentales, había sido monógamo y ajeno a todo mal pensamiento. Creíamos en la democracia proletaria y tratábamos de apaciguar la malicia que intentaba ganar nuestra mente cuando nos aseguraban que en los países socialistas no había huelgas laborales porque los trabajadores no se hacen huelga unos a otros.

Pero sabe también que esa generación reconstruyó las filas de los asalariados y creó el sindicalismo independiente, organizó a los jóvenes y las mujeres del campo y la ciudad y fundó las primeras asociaciones de estudiantes de secundaria y el primer movimiento defensor de derechos humanos en nuestro medio. La irrupción de las fuerzas de izquierda fracturó la coraza de los dos partidos tradicionales, alentó el florecimiento en ellos de las tendencias patrióticas y libertarias y puso en marcha sistemas de alianzas que han terminado por diversificar el paisaje nacional de las ideas y las fórmulas de nuestra vida común.

Esa generación maduró y hoy sigue encontrando en el camino el mismo lenguaje de la fuerza y la intolerancia, solamente que mil veces más destructivo y descompuesto. A tal punto, que nos atemoriza y nos cuesta trabajo entender la fuerza enorme de quienes hoy tienen los veinte años que nosotros teníamos en los 50. Pero ese sentimiento de fatiga e incredulidad ante lo nuevo que nace por fuera de nuestros planes y nuestros deseos no apareció ahora mismo, cuando el edificio del horror que vive Colombia amenaza derrumbarse sobre sus gestores. Hace apenas dos años, en febrero de 2008, se produjo la más grande movilización social de la historia colombiana y la izquierda no estuvo presente en ella. No pocos de nosotros tenemos desconfianza en las fuerzas sociales que se desarrollan sin nuestro concurso y prefieren volver los ojos a otra parte, al pasado que somos.

Lo mismo nos había ocurrido treinta años atrás, cuando en los países del socialismo real se iniciaron los desenlaces de su colapso. Entonces preguntamos las razones a los partidos del socialismo real y se nos replicó que se trataba de protestas parciales y sin apoyo en la población, y hasta el último momento del derrumbe final del socialismo permanecimos en cierta manera seguros, porque sabíamos de fuente positiva que todo podría caer, menos la Unión Soviética. Más que luchadores sociales lúcidos, parecíamos cortejo de una religión vana pero inextinguible. No alcanzamos a advertir que todo lo que ocurría ante nuestros ojos en el mundo del socialismo real era nuevo y no tenía reversa. En ese momento, único en la vida de todos los comunistas del mundo, no estuvimos en capacidad de percibir que tenía que tratarse de una crisis muy profunda del sistema entero y de la sociedad que lo soportaba. Fue una crisis en la que no se presentaron matanzas, como había ocurrido en los años 30 y 50. Nadie, ningún soldado, ningún líder obrero, ninguna ama de casa heroica salió a defender el sistema que se desplomaba. No hubo gobierno del socialismo real que pudiera alegar que estábamos frente a una nueva conspiración del imperialismo. El proyecto político y social más grande del siglo veinte cayó pacíficamente, sin dar ni recibir un solo tiro.

En el libro que hoy presentamos, Darío Mesa expone las raíces históricas que ayudan a explicar el desenvolvimiento de la crisis final del sistema de producción socialista, principalmente en su epicentro, la Unión Soviética. Se trata, sorpresivamente, de un alegato de política económica y social que no utiliza la ayuda de cuadros estadísticos ni claves matemáticas para manejo de especialistas. Sin entrar a examinar los momentos finales de esa crisis y su dramático desenlace, el libro de Darío Mesa es producto de un seminario promovido en la Universidad Nacional alrededor de las expresiones y los móviles centrales que obraron en esa coyuntura. Es una discusión colectiva del problema social y político central que asumió la sociedad socialista bajo comando de Lenin y su equipo revolucionario: la edificación, en un país enormemente atrasado y socialmente dispar, de un sistema económico y social superior al capitalista y que fuera capaz de edificar una nueva sociedad, sin clases sociales antagónicas ni explotación del trabajo ajeno. En vez de exposiciones teóricas, Darío emplea el método del diálogo con sus alumnos, a la manera de los discursos de prueba y error utilizados por los filósofos de la Grecia antigua para buscar la verdad de las cosas.

Busquemos nosotros, colectivamente, una explicación de lo que pasó en el ensayo soviético; aprendamos a debatir nuestros problemas colombianos y a encontrarles un camino a nuestros sueños. Eso es lo que parece advertirnos el trabajo de Darío.

Desde 1989, el año del desenlace final del experimento soviético, estábamos esperando una voz de la izquierda criolla que nos ayudara a entender lo que pasó en los países del llamado socialismo real. Esta es la primera que llega y ojalá no sea la última. Pero lo más alentador es que el libro de Darío Mesa nos vuelve a encontrar de pie, nos visita en la casa y nos recuerda que no fuimos vencidos, que seguimos siendo los mismos empecinados luchadores por el cambio social y la democracia en nuestro país. Que no hemos desaparecido y nunca desaparecimos de verdad.

Álvaro Delgado