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viernes, 25 de noviembre de 2011


Medellín: La Carreta Editores E.U., Universidad Autónoma de San Luis Potosí, Coordinación de Ciencias Sociales y
Humanidades de la UNAM, 2007, 296 pp.

Marco Palacios[*]

Reseñas


Este libro de Betancourt debe figurar en cualquier bibliografía latinoamericana y debe ser de lectura obligada en los cursos de historiografía colombiana. Es el tipo de texto ágil y crítico del que había urgencia en Colombia en una la disciplina que, como abunda el autor, ha conso­lidado la fase de profesionalización. Betancourt parte en buena medida del ejercicio abierto y paciente que Jorge Orlando Melo asumió durante años: presentar perió­dicos balances historiográficos orientados por el rigor y la ecuanimidad. Pero este trabajo, que es también riguroso y ecuánime, es mucho más ambicioso, inquisitivo y abarcador.

Sin pretender erudición ni enciclopedismo, Betancourt ilustra sus tesis mediante un recorrido sucinto por las grandes líneas del desarrollo de la historiografía colombiana ("los marcos metodológicos e institucio­nales"), concentrándose en elementos significativos de la producción de los historiadores más reconocidos. En semejante viaje, Betancourt suele detenerse en la obra de muchos otros historiadores, politólogos, eco­nomistas y sociólogos que también han contribuido al desarrollo de la disciplina, con las limitaciones ya mencionadas, y se esmera en conside­rar los principales trabajos propiamente historiográficos del país.

No habrá lugar a perderse en un texto que, para el caso, es sencillo como puede serlo la línea recta. En seis capítulos cubre la formación de la disciplina. En el siglo xix, Restrepo, Posada Gutiérrez, Groot, Henao & Arrubla, inventan, por así decirlo, una historia nacional que arrancaría en la misma Independencia. Sigue la parábola de la Academia Colombiana de Historia, con liberales del estilo de López de Mesa, que resulta clave en la primera profesionalización de la disciplina. De este hito sigue la aparición de los "revisionistas", que introducen explícitamente dimensiones socio­lógicas por un lado, Nieto Arteta el más importante, y por otro aparecen los actores populares, verbigracia en Los Comuneros de Arciniegas.

El Frente Nacional ofrece el marco de la siguiente etapa: un nuevo revisionismo que se explaya en un tratamiento menos afable a los héroes epónimos de los dos partidos: Bolívar y Santander. En este revisionismo aparecen esquemas como el popular de pueblo-oligarquía de Liévano Aguirre y proyecciones de tono menor, marxistas en diferentes versiones que, más o menos, de Antonio García a Nicolás Buenaventura sacaron a la superficie la pertinencia de la lucha de clases.

El siguiente episodio se refiere a la "Nueva Historia" (así bautizada por un poeta, subraya el autor), fenómeno que implantó definitivamente un sustituto profesional e idóneo de la Academia Colombiana de Historia. Aquí se destaca la voz de Jaramillo Uribe y de dos de sus prin­cipales discípulos, Colmenares y Melo, quienes, sugiere el autor, pese a sus avanzados métodos, no logran escribir una historia que reconstruya el pasado nacional como una obra inclusiva.

En un primer plano, la "Nueva Historia" se dedicó de lleno a explorar las bases mate­riales de la modernización del país a partir de la estructura colonial, al precio de dejar invisible a "la nación". En un plano quizás más profundo las notas institucionales domi­nantes de esta nueva fase del desarrollo de la disciplina son un huir del presente, dejar pendiente el tema de la nación, encerrarse y no dialogar ni con otras disciplinas ni entre los historiadores. "En Colombia los distintos modos de escritura de la historia no han sos­tenido una confrontación dialéctica, ni se han expresado sus diferencias a partir de los parámetros de las comunidades académicas" (p. 75).

Así, algo impopular, enclaustrada disciplinar y geográficamente, y poco dispuesta a crear ambientes de crítica interna y diálogo, la historiografía colombiana, siempre (y no sólo ahora) ha estado en mora de replantear, recoger, debatir y salir al mundo. No cabe duda de que seme­jante diagnóstico, así como los remedios propuestos, serán quizás objeto de controversia, aunque si el autor está en lo correcto, tal controversia habrá de ser oblicua y algo apagada.

A riesgo de parecer indecoroso y aprovecharme de una reseña para controvertir críticas a mi trabajo, quisiera decir que, a mi parecer, Betancourt no entendió la tesis central del ensayo La clase más ruidosa (1982). Allí señalé que la incapacidad del "cachaco conquistador" de cumplir su cometido civilizador hegemónico lo llevó a la ilusión, y luego a la simulación, al arribismo y a la impostura radical con un altísimo costo social, político y cultural y en desmedro de la inte­gración de una nación moderna.

Dicho esto, sintetizo: Historia y nación entra a la columna de los activos de la historio­grafía colombiana.


[*]Profesor e investigador del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México (Ciudad de México, México) y profesor asociado de la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes (Bogotá, Colombia) mpala-cios@colmex.mx


Tomado de: Historia Critica No. 44, Bogotá, mayo-agosto 2011, 240 pp. issn 0121-1617 pp 216-217

miércoles, 7 de julio de 2010


Las palabras de la guerra. Un estudio sobre las memorias de las guerras civiles en Colombia

URIBE DE HINCAPIÉ, María Teresa y LÓPEZ LOPERA, Liliana María.

Medellín, La Carreta Histórica, Instituto de estudios Políticos de la Universidad de Antioquia, Corporación Región, 2006, 514 pp.

Las guerras civiles del siglo XIX, fueron en lo fundamental guerras entre ciudadanos, guerras por la nación y por el estado, que no agotaban en los enfrentamientos armados y directos, en el choque de ejércitos rivales, en la sangre derramada, en el humo de las batallas o en los cadáveres esparcidos por campos y ciudades. En este texto se analizan las tres primeras guerras civiles del siglo XIX colombiano, aquellas ocurridas entre 1839 y 1854, en un contrapunto creativo entre los contextos históricos o tramas cronológicas y lógicas de lo acontecido y las maneras de narrarlas, contarlas a otros, interpretarlas o resignificarlas. Las autoras rescatan el poder creativo del lenguaje y su capacidad para producir sentidos nuevos, imágenes evocadas, formas de nombrar ocultar o desplazar realidades. A través del lenguaje no sólo se hace imaginable la nación y aprehensible el estado, sino que se induce a los públicos a actuar en consecuencia pues, como diría Mark Jonson, las metáforas y la palabras también pueden matar.

Historia Crítica No. 31, Bogotá, enero-junio 2006, pp.213-214

Médicos y comadronas o el arte de los partos. La ginecología y la obstetricia en Antioquia. 1870-1930,

RESTREPO, Libia J.,

Medellín, La Carreta Editores, 2006, 182 pp.

Este trabajo –ganador en el año 2003 del premio IDEA a la investigación histórica en Antioquia- muestra la complejidad del proceso de la instauración de la ginecología y la obstetricia en nuestro medio durante el periodo comprendido entre 1870 hasta 1930. La autora explica este proceso a partir de la implantación local de unos argumentos científicos racionales e ilustrados sobre la fisiología de las mujeres, su anatomía y enfermedades. Muestra también las condiciones de la paulatina medicalización de las mujeres gestantes y parturientas, las rupturas y novedades de la práctica medica durante el nacimiento, mientras hace aparecer un entramado de relaciones en el orden social, jurídico, religioso y moral, para presentar, de manera privilegiada, una figura rara vez estudiada en Colombia: las “comadronas” o “parteras”, y un nuevo objeto en historia: el “dolor de parto”. Aquí, se hace visible lo que no era del dominio público, pero si estaba arraigado de forma estructural en la mentalidad colectiva de las sociedades de la época. Una práctica empírica velada pero reconocida y no exenta de peligros, que planteaba enfrentamientos y resistencias para ceder el “arte de los partos” –un dominio tradicional de mujeres en las penumbras de los cuartos matrimoniales- a una biopolítica interesada en la reproducción del cuerpo social, en las condiciones de la procreación, y en los resultados de los nacimientos de la población.

Historia Crítica No. 31, Bogotá, enero-junio 2006, pp.214


RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ, Saúl Mauricio.

La influencia de los Estados Unidos en el ejército colombiano, 1951-1959.

Medellín, Colección Ojo de Agua, La Carreta Editores, Universidad Nacional de Colombia, 2006, 145 pp.

En este libro el autor estudia cómo Colombia, un país pequeño y con un ejército modesto en el escenario internacional, se involucró por iniciativa de su dirigencia política en las aventuras militares coordinadas por los Estados Unidos en Corea y la crisis del Canal de Suez. Analiza cómo esas circunstancias repercutieron en la modernización del ejército de Colombia, al seguir las prácticas y usos militares estadounidenses, debido al interés mostrado por los militares nacionales hacia ese sistema militar. De igual modo, se exploran las diferentes vías y los modos por los cuales el modelo militar de los Estados Unidos comenzó su afianzamiento en el ejército colombiano, con la creación unidades militares insignia como la Escuela de Lanceros y la Policía Militar, o asimilando la instrucción militar aplicada en los Estados Unidos. Todo esto no sólo sirvió para cambiar la orientación chileno-prusiana que habían tenido hasta la década de 1950 las fuerzas militares colombianas, sino también para consolidar la alianza entre Colombia y los Estados Unidos.


Historia Crítica No. 31, Bogotá, enero-junio 2006, pp.215


Chicangana-Bayona, Yobenj Aucardo, comp.

Historia, cultura y sociedad colonial siglo XVI-XVIII. Temas, problemas y perspectiva.

Medellín: La Carreta Histórica, 2008, 391 pp.

Reseña realizada por: María Cristina Pérez Pérez

Historiadora de la Universidad Nacional de Colombia - Sede Medellín. Pertenece al grupo de investigación “Historia, Trabajo, Sociedad y Cultura” dirigido por el profesor Renzo Ramírez Bacca. Ganadora de la convocatoria “Jóvenes investigadores e innovadores”, Colciencias, 2007.

mariacristinap06@hotmail.com

La historiografía colombiana ha realizado múltiples reflexiones sobre la Colonia desde diferentes aspectos sociales, políticos, económicos y religiosos. Las investigaciones han abarcado tanto las implicaciones de la Conquista, las formas de resistencia de los grupos indígenas, las relaciones entre colonizador y colonizado, como también las ambigüedades del discurso religioso, las formas de esclavitud y la organización de estructuras políticas y económicas locales1. Todo ello, a partir del análisis de discursos y fuentes tradicionales que han enriquecido enormemente nuestros estudios y que son referencia obligada del historiador, pero que no permiten vincular estas problemáticas con otras perspectivas de análisis. Esta preocupación no es nueva en el país; ya varios autores han llamado la atención sobre la necesidad de abordar nuevos documentos históricos y de establecer cierto contacto interdisciplinario con áreas tales como la filosofía, la antropología, la sociología, la economía y la arqueología2. Este objetivo se cumple en el libro titulado “Historia, cultura y sociedad colonial siglo XVI-XVIII. Temas, problemas y perspectivas”, una compilación realizada por Yobenj Aucardo Chicangana-Bayona de 13 ensayos escritos por historiadores de gran trayectoria y nuevos investigadores que se interesan por estudiar la Colonia; retomando documentos clásicos y utilizando nuevos aspectos teórico-metodológicos.

Este texto se compone de dos partes: La primera, América Colonial: Caribe, Perú y Brasil, reúne tres artículos de los autores Yobenj Aucardo Chicangana Bayona, Ana Raquel Portugal y Ronaldo Vaifas-estos dos últimos historiadores del Brasil-, quienes escriben sobre las ilustraciones de las cartas atribuidas a Américo Vespucio, los ayllus en las crónicas quinientistas

del Perú y la diáspora judía entre Ámsterdam y Brasil durante los siglos XVI y XVII. La segunda parte, El Nuevo Reino de Granada, realiza un recorrido por la historia colonial colombiana a través de diferentes estudios de caso que discurren entre los siglos XVI y XVIII. Son 10 los artículos que estructuran esta parte y los que a su vez se subdividen en cuatro secciones.

En primer lugar, Región, etnia y alimentación por Gregorio Saldarriaga y Hugues R. Sánchez aborda tanto la alimentación y la subvaloración de la tierra como la esclavitud en el territorio que comprendía las gobernaciones de Santa Marta y Cartagena. En segundo lugar, Elites y sistemas productivos, en la que se retoman estudios tradicionales sobre el estanco de aguardiente, los sistemas productivos llaneros y la esclavitud en el oriente neogranadino, escritos por Hernán Clavijo, Publio Pérez Ángel y Yoer Javier Castaño Pareja. En tercer lugar, Escritura y visualidad articulada por los escritos de Martha Fajardo de Rueda y Jaime Humberto Borja, historiadores preocupados por reflexionar acerca de la influencia de las teorías de Joaquín de Fiore en la iconografía neogranadina y la pertenencia de la hagiografía o vidas ejemplares al género historiográfico. Por último y en cuarto lugar, Ciudades, villas y cárceles está conformada por los artículos de Paolo Vignolo, Edgardo Pérez Morales y Luis Miguel Córdoba, en los que tratan temas tan variados como son el rescate de la memoria de Santa Marta la Antigua del Darién, que muestra aspectos de la vida material en el sociedad urbana colonial y las visiones que sobre el Imperio Español expusieron Antonio Fernández y Diego Calderón Salgado durante su presidio en Cartagena.

Después de haber analizado la estructura del texto Historia, cultura y sociedad colonial, a continuación me detendré en algunos de los ensayos que desde mi punto de vista representan una novedad y realizan un aporte considerable a nuestro campo historiográfico. Así, observamos el texto de Yobenj Aucardo Chicangana-Bayona “El buen salvaje y el antropófago. La representación del indio en las primeras ediciones ilustradas de las cartas de Américo Vespucio (1505- 1509)”, donde se realiza un análisis sobre los primeros grabados de los habitantes del Nuevo Mundo que ilustraron las cartas atribuidas a Américo Vespucio, para lo cual, Chingana-Bayona se centra en la representación que elaboró Johan Froschaver de los indios del Brasil, en la que Froschaver expone imágenes que muestran partes humanas colgadas y un grupo de indios practicando el canibalismo. El autor del “Buen Salvaje...” parte del hecho de que Froschaver nunca estuvo en América y, por tanto, que esta ilustración debe ser estudiada desde las mismas fuentes que la inspiraron, es decir, la iconografía del Paraíso, los hombres salvajes de los bosques; y en los relatos sobre los pueblos de tierras lánguidas, monstruosas y seres prodigiosos

que circularon entre los siglos XIV y XV. Teniendo, además, en cuenta, que los artistas y algunos editores durante el siglo XVI retomaban estas imágenes como punto de partida para elaborar sus grabados, debido a la dificultad de partir completamente de cero y de crear representaciones nuevas (p. 25).

Así como Chicangana-Bayona lo destaca, es claro que estas ilustraciones crearon una imagen del Nuevo Mundo, en donde convivían visiones completamente opuestas: por un lado, lo cotidiano y lo familiar de los pueblos considerados “exóticos” y del otro, el estereotipo de hombres salvajes, maléficos y feroces. Generando una imagen negativa de estos habitantes que, posteriormente, fueron las bases de los grabados que sobre el canibalismo del indio realizaron Waldseemuller, Fries, Holbein y Munster. Estos artistas que retomaron elementos básicos: las mesas de sacrificio, el hacha y los cuerpos de las víctimas, e introdujeron nuevos detalles al festín antropofágico (p. 43). El autor concluye su trabajo planteando que los indígenas representados en los grabados significan la interpretación que en el interior de la cultura europea occidental se hizo del indio -el otro- a partir de sus propios cánones y convenciones. Y es precisamente aquí en donde se puede observar el principal aporte de esta investigación; en el estudio que realiza el autor de las estampas que ilustraron las cartas de Vespucio como testimonio de un encuentro cultural y las respuestas dadas a dicho encuentro por los miembros de la sociedad europea del siglo XVI3.

Igualmente, el artículo de Gregorio Saldarriaga “Subvaloración de la tierra y de su alimentación” proporciona otra mirada a las investigaciones que se preocupan por indagar los conflictos surgidos en medio del intento por someter a los colonizados a las políticas de la Corona Española, a través del estudio de dos aspectos fundamentalmente. El autor centra su análisis en la alimentación, el uso y la apropiación de la tierra. En la primera parte del texto muestra la reacción negativa que se produjo frente a los alimentos americanos por parte de los españoles, quienes consideraban que la comida aborigen del Nuevo Reino de Granada y Popayán no nutría, mientras que la europea sí lo hacía. La base de esta inconformidad respondería a la falta de sustancia de los productos americanos y, por ende, a la incapacidad para mantenerse con base en ellos, debido al apego a la tierra y su constante comparación con Europa. Saldarriaga plantea que al tener “negada la vía activa para la identificación alimentaría (el consumo a la española), lo hacían por medio de vías de negación (la diatriba contra la comida aborigen) que los acercaba a la civilización a través del rechazo a lo salvaje” (p. 109).

En la segunda parte del mismo artículo se examina el cambio que se dio en la percepción de los alimentos a partir de 1680. En este momento fueron aprovechados los productos de la tierra americanos que satisfacían las necesidades básicas de la comunidad, debido a las problemáticas económicas que se vivieron en estos territorios y que imposibilitaban la adquisición de productos de lujo en grandes cantidades. Así, el autor resalta el proceso de adaptación y apropiación de los alimentos, que si bien no rompía el proceso completamente con la dicotomía entre lo salvaje (americano) y lo civilizado (europeo), si posibilitaba el reconocimiento de la comida americana como parte del sistema cultural español, principalmente cuando la tierra reproducía aquellos patrones de cultivo europeos. Para finalizar el autor establece que la comida no debe ser pensada sólo desde el ámbito de los españoles o de los indios, sino como un producto nacido de la experiencia colonial, en un espacio de integración y adaptabilidad de ambos grupos.

El ensayo de Marta Fajardo de Rueda, “El pensamiento de Joaquín de Fiore en la formación de la iconografía temprana de la Nueva Granada”, invita a una relectura de la iconografía religiosa del siglo XVII, al analizar la influencia del abad-profeta Joaquín de Fiore en dichas representaciones. Fiore fue uno de los interpretes y difusores de la corriente milenarista, que estableció una interpretación del Apocalipsis “en la cual no sólo aseguraba la segunda venida del Redentor, sino que dividía la historia de la humanidad en tres épocas: la del Padre, la del Hijo y la del Espíritu Santo” (p.272), contribuyendo a generar el concepto de mejoría gradual de la humanidad. Esta utopía fue difundida especialmente por las comunidades religiosas de franciscanos, dominicos y jesuitas, las cuales según algunas interpretaciones estuvieron presentes en sus profecías. Fajardo de Rueda demuestra, retomando otras investigaciones, que estas órdenes religiosas se referían a Joaquín de Fiore como su profeta, lo que generó un conjunto de representaciones pictóricas con base en este pensamiento.

Para indagar la presencia de dicho profeta en la iconografía neogranadina, la autora selecciona algunas pinturas que hacen parte de la colección del Museo de Arte Colonial de Bogotá y que fueron encargadas al pintor santafereño Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos para el convento de Santo Domingo Guzmán en Bogotá. Entre las obras analizadas se destaca el Retrato de Vásquez en la puerta del convento de Santo Domingo, que en realidad representa los retratos de los santos Domingo y Francisco que el abad Joaquín dejó pintadas en Venecia, en la iglesia de San Marcos. La explicación continúa con la pintura del Nacimiento del Niño Domingo, también relacionada con este abad, quien indicó que Francisco y Domingo estarían predestinados a su misión evangelizadora y que ésta se conformaría desde su nacimiento (p.283). Asimismo, se estudian las obras San Francisco de Verona e Isabel Flores de Lima, conocida como Santa Rosa de Lima, desde esta misma corriente.

Por último, quiero destacar la investigación de Paolo Vignolo “Santa María la Antigua del Darién. ¿De lugar de olvido a lugar de la memoria?, un interesante ensayo que parte del trabajo de campo realizado por un grupo de investigación de la Universidad Nacional de Colombia- Sede Bogotá en el territorio que durante el siglo XVI comprendía Santa María la Antigua del Darién, con el objetivo de conocer la ubicación exacta de la ciudad, su extensión, la disposición del espacio y el reconocimiento de zonas periféricas y enclaves periurbanos (p. 322). Estos son aspectos esenciales, como bien lo sugiere el autor, para entender los modelos políticomilitares y las pautas socioeconómicas que constituyeron el primer laboratorio de la Conquista y la colonización del Continente, que no son visibles en el material que un historiador se encuentra en los archivos y bibliotecas del país, ya que es necesario complementar tal información con la ayuda de otras disciplinas afines: la arqueología, la antropología y la geografía.

Vignolo y sus estudiantes, a partir de este objetivo, se desplazan a esta zona y descubren que no existe ningún lugar arqueológico e histórico, sino una sociedad marcada por la violencia, dominada por grupos armados ilegales e identificada por ser un territorio de frontera con problemáticas tan difíciles como son el contrabando y el desplazamiento. Dichos elementos ocasionaron que el proyecto tomará otro rumbo y se enfocará en proporcionar estrategias de desarrollo sociocultural para la región, que permitan “convertir el lugar de abandono y olvido, en un lugar de memoria” (p. 329). Esta parte es la que más llama la atención del ensayo, en la cual el autor establece la necesidad de realizar un trabajo que involucre a toda la comunidad para rescatar la zona como patrimonio cultural, partiendo del reconocimiento del medio por parte de sus mismos integrantes, de la elaboración participativa de una cartilla sobre la conquista, trabajos de campo y pasantías, y, además, de la creación de exposiciones museográficas y de un cineforum itinerante. Es así como el texto reflexiona desde el interior del quehacer académico sobre el compromiso que tiene la historia con su sociedad, de la importancia de generar conocimiento y de transmitirlo, de establecer espacios de debate y de diálogo para construir proyectos patrimoniales que custodien la memoria de este colectivo social.

De tal manera, las propuestas reunidas en esta compilación aluden básicamente a nuevos temas, problemas y perspectivas en el campo de la historia colonial, que permiten hacer un balance sobre las investigaciones que en la actualidad se están desarrollando en el país. Un esfuerzo por reunir 13 ensayos que merecen ser leídos, discutidos y analizados de manera crítica.

Citas:

1. Debido a la amplitud de trabajos sólo mencionaré algunos de los más representativos: Hermes Tovar Pinzón, La formación social chibcha (Bogotá: Ediciones CIEC, 1980); Martha Herrera Ángel, Poder local, población y ordenamiento territorial en la Nueva Granada, Siglo XVIII (Bogotá: Archivo General de la Nación, 1996); Carl Langebaek, Mercados, poblamiento e integración étnica en el siglo XVI (Bogotá: Banco de la República, 1987); Armando Martínez Garnica, La legitimidad y proyectos políticos en los orígenes del gobierno del Nuevo Reino de Granada (Bogotá: Banco de la República, 1992); Mario

Bernal Romero, Fray Luís de los Barrios y la evangelización del Nuevo Reino de Granada (Bogotá: Academia Colombiana de Historia, 1960); María Cristina Navarrete, Historia social del negro en la Colonia, Cartagena, Siglo XVII (Cali: Universidad del Valle, 1995); Germán Colmenares, Historia Social y Económica de Colombia (Bogotá: La Carreta, 1979); John Leddy Phelan, El pueblo y el Rey. La Revolución comunera en Colombia. 1781 (Bogotá: Carlos Valencia Editores, 1980); Anthony McFarlane,

Colombia antes de la Independencia. Economía, sociedad y política bajo el dominio Borbón (Bogotá: Banco de la República - El Áncora Editores, 1997); Pablo Rodríguez, Sentimientos y vida familiar en el Nuevo Reino de Granada (Bogotá: Ed. Ariel, 1997).

2. Interesantes reflexiones sobre este punto se encuentran en Bernardo Tovar Zambrano, comp., Historia al final de milenio. Ensayos de historiográfica colombiana y latinoamericana, Vol. I (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 1994); Francisco Leal y Germán Buitrago, eds., Discurso y razón. Una historia de las ciencias sociales en Colombia (Bogotá: Tercer Mundo Editores, 2000); Adriana Maya

Restrepo y Diana Bonnett Vélez (comps.), Balance y desafío de la historia de Colombia al inicio del siglo XX. Homenaje a Jaime Jaramillo Uribe (Bogotá: Universidad de los Andes, 2003); Renzo Bacca comp., Historia local: experiencias, métodos y enfoques (Medellín: La Carreta, 2005); Renán Silva, La sombra de Clío (Medellín: La Carreta Histórica, 2007).

3. Al respecto se puede consultar: Meter Burke, “Estereotipos de los otros”, en Visto y no visto. El uso de la imagen como documento histórico (Barcelona: Crítica, 2005).

Historia Crítica No. 37, Bogotá, enero-abril 2009, 252 pp.


Título: Ayala, César A., El Populismo atrapado, la memoria y el miedo. El caso de las elecciones de 1970, Medellín, Departamento de Historia, Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Nacional de Colombia, La Carreta Editores, 200_, 319 pp.

Autor:Jairo Estrada Álvarez *

El populismo atrapado, la memoria y el miedo. El caso de las elecciones de 1970 tiene como propósito principal examinar el proceso electoral que culminó con la derrota el19 de abril de 1970 del máximo líder de la Alianza Nacional Popular, Gustavo Rojas Pinilla, a manos del candidato del Frente Nacional, Misael Pastrana Borrero. Más allá del episodio sobre el fraude en ese evento electoral, de su mayor o menor demostración documentada, que también es abordado por Ayala, lo que al autor le interesa es "describir, analizar y poner a pensar al lector" en el proceso electoral que a su juicio condensaría "toda la historia del siglo XX" (p. 14). Las elecciones de 1970 estarían plagadas de muchos significados. Sobre todo, por el hecho de que por primera vez, de manera incontrovertible, se ponía en cuestión -mediante el proyecto populista de ANAPO- la ancestral dominación bipartidista, cuya expresión era la fórmula política del Frente Nacional.

Ayala recorrerá en el Populismo atrapado un camino de doble vía. Por una parte, dará cuenta del complejo y diverso proceso de producción del discurso y de las narrativas anapistas (considerados los actores y las regiones) hasta erigirse en un discurso populista polifónico con opción real de poder. Por la otra, mostrará igualmente las estrategias de preservación del poder por parte de la coalición bipartidista, desde la construcción del enemigo anapista en cabeza del dictador Rojas, acompañada por una política de disposición y socialización del miedo a través de los medios masivos de comunicación y del uso instrumentalizado y sesgado de la memoria histórica, hasta el expediente autoritario de recorte de las libertades civiles y políticas, con una nueva declaratoria del estado de sitio, el "régimen de excepción" permanente del Frente Nacional.

Desde el punto de vista historiográfico la obra no permite una fácil clasificación. Aunque a primera vista se trata de un libro de historia política, la "más completa y detallada sobre la vida política del país en los años sesenta que se ha escrito", según Herbert Braun, historiador estadounidense que prologa el texto (p. 11), Populismo atrapado también podría ser considerada una obra multifacética con evidentes elementos de historia de la cultura política colombiana, de la producción del discurso anapista, de historia del pensamiento social y político (de la ANAPO) y aun de historia de la protesta social urbana.

Ese carácter multifacético de la obra es sin duda una de sus más destacadas virtudes. Desde esa perspectiva, el libro contribuye a un entendimiento amplio y profundo de ese período de la historia de nuestro país, arroja nuevas luces para mejorar las caracterizaciones sobre el régimen político de democracia restringida del Frente Nacional y resaltar los rasgos civilistas de nuestra cultura política (a través de las luchas de la ANAPO). De igual manera, Populismo atrapado aporta a la comprensión del proceso histórico de la oposición política en Colombia, muestra a la ANAPO como un caso ejemplar, una especie de 'frente nacional de los excluidos', que logró una amplia movilización social, a pesar de sus evidentes conflictos internos y de su discurso difuso cargado de promesas sociales, y de una no muy clara tercería entre capitalismo y socialismo.

La obra de Ayala consta de un prólogo del historiador estadounidense y colombianista Herbert Braun, ocho capítulos, una sección de conclusiones, otra de bibliografía y contiene, además, una parte de anexos documentales. El populismo atrapado no cuenta de manera explícita con un marco teórico ni con un cuerpo categorial de análisis previamente definido. Su capítulo introductorio cumple en parte esa función, aunque anticipa más bien aspectos del análisis, propios del objeto de estudio abordado por el autor a lo largo de la obra. Independientemente de esta consideración, la preocupación central del Ayala se ubica, desde el punto de vista teórico, en la pregunta por la memoria y su función social en la historia, a partir del examen efectuado a las elecciones del 19 de abril de 1970. Aunque también podría decirse que el interés de Ayala se refiere a las condiciones históricas de la producción y al análisis del discurso populista de la ANAPO, entendidos como producto de un pasado y un presente históricos (éste, el del proceso electoral estudiado por el autor). Si se asume que allí radican las preocupaciones teóricas, los principales referentes de Ayala se encuentran, por una parte, en Mijail Bajtin, Maurice Halbwachs y Paul Ricoeur, en lo relacionado con la problemática sobre la memoria histórica, sin que haya en todo caso una presentación sistemática de sus tesis y de su utilidad para la investigación (la referencia a estos autores transcurre en dos párrafos (p. 15). Por la otra, se trata de Roland Barthes con su noción de mito, y de Teun van Dijk en relación con su entendimiento de las "ideologías como creencias básicas de los grupos socialmente compartidas" (pp. 32-33). También en este caso, los seguimientos teóricos son muy breves.

El hecho de que Ayala no explicite un marco teórico no debe llevar al equívoco de que el libro carece de propuesta teórica. En el estilo de Ayala la narración histórica es cargada de manera reiterada con consideraciones teóricas, que van apareciendo en la medida en que se desarrolla la trama. Lo que se extraña es la presentación sistemática de la propuesta teórica. Este aspecto es particularmente notorio respecto de la categoría analítica de "populismo". El autor queda en deuda con el lector en relación con su entendimiento teórico sobre el "populismo", fenómeno éste que además de tener muchas definiciones también se caracteriza por la indefinición; con la excepción, tal vez, del texto reciente de Ernesto Laclau, La razón populista1, en el que se aborda una construcción teórica de la categoría. Nuevamente, no significa ello que Ayala no posea una teoría sobre el populismo. De hecho su producción historiográfica se ha ocupado en gran medida de ese fenómeno. Lo que sucede en El populismo atrapado es que se da por sentada una definición de populismo que no se explicita; tampoco se muestran las especificidades del populismo anapista respecto de otras experiencias en América Latina (salvo esporádicas formulaciones). Sí señala Ayala que en el caso de la ANAPO se transitaría "de un populismo político-ideológico [….] a uno más ideológico que político" (p. 20).

Según Ayala, con las elecciones de 1970 se estaría frente al proceso electoral más importante del siglo XX. Tal aserto se sustenta no sólo en el hecho de que además de las elecciones presidenciales se realizaban elecciones para todas las corporaciones públicas, sino que además se presentaba la probabilidad de un quiebre en las formas de dominación del Frente Nacional, del desmonte del régimen político de democracia restringida (y de "estado de excepción" permanente), dada la irrupción histórica de una opción real de poder: la ANAPO.

Aunque Ayala no acoge la categoría analítica de clases sociales, sus consideraciones -a lo largo de la obra- sobre el uso de la memoria denotan que en el proceso electoral objeto de estudio, se pusieron en escena, cuando menos, dos lecturas históricas de la memoria. Una, aquélla de las clases subalternas que pretendía construir una línea de continuidad entre los años veinte, las movilizaciones populares de los treintas, el gaitanismo de los cuarentas, la "otra cara" de la dictadura en la década de 1950 y el movimiento de la ANAPO en los años de 1960. La otra, aquélla de las clases dominantes que cuestionaba los tiempos de la dictadura de Rojas, como experiencia a no repetir y, desde ahí, construía una particular (cínica) lectura de la democracia colombiana. De Ayala se aprende igualmente, de manera rigurosa y documentada, cómo se usa (o manipula) la memoria histórica con fines políticos.

En el proceso de producción del discurso y en la construcción del proyecto anapista, sectores intelectuales provenientes de diversas vertientes y de diferentes entendimientos de la política ocuparon un lugar central. Ayala no duda de su contribución a la cualificación teórica del proyecto anapista, a la "sintonía" que se produjo con los discursos tercermundistas, antiimperialistas y nacionalistas entonces en boga, especialmente en los países de la llamada periferia capitalista (aunque siempre en distancia frente al discurso de la izquierda radical, comunista, en sus diversas vertientes). También se trata de su contribución a la movilización popular, a la escenificación de la política en la calle. De su "ida al pueblo". No obstante lo anterior, el papel de estos sectores intelectuales no deja de sorprender. Al tiempo que se tenía un discurso mucho más cualificado que el del General, también eran claras las relaciones de subordinación frente a éste. Esa pérdida de independencia se expresó claramente en la actitud vacilante -y en la aceptación de la posición de Rojas Pinilla- frente a los resultados electorales del 19 de abril, lo cual se constituyó en otro factor de desmovilización de la protesta popular. En ese sentido, les cabe -a estos sectores- una gran responsabilidad en la derrota del movimiento anapista.

El movimiento anapista logró consolidarse como un proyecto multiclasista de unidad popular desde abajo, nacido más de las circunstancias históricas que de una estrategia política deliberada (p. 159). Se trata de un movimiento que se fue haciendo en el camino, y cuyo discurso se fue produciendo en ese mismo sentido. De ahí su carácter polifónico. Sobre las voces de la ANAPO pesaban más las preocupaciones por un enemigo común, el régimen del Frente Nacional, que las diferencias de sus discursos diversos, contradictorios entre sí, si se consideraran desde un sentido estrictamente teórico y aún programático. Ello explica por qué la ANAPO sería el espacio de encuentro de liberales, conservadores, emerrelistas2, lauroalzatistas3, hombres y mujeres sin partido, jóvenes, intelectuales, etc., que hicieron su frente nacional a su manera, no como el proyecto excluyente de las elites dominantes. La figura del General cumplía la función de buen componedor, de "anciano sabio" (sin serlo), del justo medio, que llamaba de manera reiterada a la moderación.

El carácter populista del movimiento resulta no sólo de su propuesta programática, en todo caso no antisistémica; también de sus prácticas, de sus formas de organización, de la manera como en el camino va "construyendo el pueblo", guiado por un líder que -sin representar la vehemencia, la pasión y cierto histrionismo propio de los líderes populistas- lograba concitar un masivo respaldo para la movilización popular. El carisma de Rojas sería muy particular; como lo hace recordar Ayala, el General lograba, incluso, arrodillar a sus seguidores en las plazas públicas para jurarle fidelidad. El populismo de la ANAPO será, en todo caso, un populismo urbano, que recoge la memoria de la escenificación de la política en la calle y los productos de la conflictividad del desarrollo capitalista de las décadas precedentes.

La experiencia populista de la ANAPO contraría algunas tesis sobre la naturaleza violenta de los colombianos, sobre su inclinación a la solución de los conflictos por las vías de la fuerza. Ayala hace hincapié en el carácter esencialmente civilista del anapismo y demuestra, más bien, que han sido las elites dominantes las que han recurrido al uso de la violencia y al recurso autoritario para garantizar la preservación de su poder. En ese sentido, el texto de Ayala es muy útil para un entendimiento de nuestro presente. La activación de dispositivos de producción de discursos para contrarrestar las fuerzas opositoras, la orquestación de verdaderas campañas a través de los medios de comunicación, antes como ahora, siguen cumpliendo las mismas funciones de legitimación y de dominación.

Tratándose de una obra de gran valor politológico, sociológico y antropológico social, el libro no deja de ser esencialmente histórico. Ayala no ahorra esfuerzos en demostrar el oficio y el arte del historiador. El populismo atrapado es un texto hecho con base en una cuidadosa y exhaustiva revisión de fuentes primarias y secundarias, que le dan consistencia y rigor. En particular, debe destacarse el esfuerzo de Ayala por reconstruir y sistematizar el discurso populista de la ANAPO, así como los eventos en torno al proceso electoral de 1970 a partir del examen a las fuentes producidas por la misma organización política, pero también por los militantes anapistas; igualmente, merced al seguimiento a los Anales del Congreso, a la "gran prensa" de las principales ciudades y a algunas publicaciones regionales de las fuerzas opositoras, especialmente del departamento de Santander (El Trópico de San Vicente de Chucurí y El Momento de San Gil), y a muchas otras publicaciones periódicas que aparecen referenciadas en la sección bibliográfica. A ello se le adiciona la revisión de los archivos personales del dirigente anapista Hernán Vergara, así como las entrevistas con dirigentes de la ANAPO, entre ellas la realizada a Ignacio Vives Echeverría4. Esto se vuelve a mencionar en el siguiente párrafo. El trabajo de Ayala en este sentido merece el mayor reconocimiento; la contribución a la reconstrucción de la memoria histórica, en especial aquélla de los movimientos políticos distintos al bipartidismo, es inobjetable. El uso exquisito de las fuentes le permitió a Ayala elaborar una trama y desarrollar una narración, que sin perder su carácter de historia y sin menoscabar la "objetividad admirable" que sorprende a Braun (p. 11), hace de El populismo atrapado una obra de amena lectura, que por momentos pareciera trasladar al lector al terreno de la novela histórica.

No obstante lo anterior, debo señalar un aspecto que a mi juicio merecería una mejor atención en el uso de las fuentes. Me refiero a que hubiera sido deseable un mayor diálogo de Ayala con la historiografía que se ha producido sobre el período objeto de estudio. Si bien es cierto que ésta aparece referenciada en la sección bibliográfica, en el texto mismo -salvo algunas excepciones- no se deja traslucir el uso que hace de ella, bien sea para distanciarse o para acogerla como parte de su argumentación. El asunto se torna importante si se considera que buena parte de la historiografía no logra desprenderse de los tintes partidistas, especialmente liberales, o frentenacionalistas.

Un reclamo se le puede hacer a la obra de Ayala: la desatención de un análisis del contexto económico bajo el cual se desenvuelven los acontecimientos. Esa perspectiva hubiera enriquecido, sin duda, la investigación. En el período objeto de estudio produjeron definiciones importantes respecto de la estrategia de acumulación capitalista (debido a las expresiones de crisis que registraba el proyecto de industrialización dirigida por el Estado). Se habían aprobado decisiones de trascendencia en materia de política económica, fiscal y monetaria; se había impuesto una reforma constitucional con grandes implicaciones económicas y se había emprendido un proceso de reforma (y modernización) del Estado. Así mismo, eran notorios los impactos sociales de la política económica. ¿Cómo pudo haber incidido esa situación en la construcción del proyecto anapista? Ello no es evidente para el lector (salvo la mención a la posición de la ANAPO en el Congreso frente a la Reforma Constitucional de 1968). Si bien es conveniente advertir sobre límites del determinismo económico, también lo es sobre la desatención de la influencia de la economía en la política. ¿Cómo opera la lógica de la economía para explicar las elecciones del 19 de abril de 1970? ¿Qué intereses económicos están en juego? ¿Cuáles son los ingredientes económicos del debate político? Esas son preguntas que quedan por resolver en la obra de Ayala

* Profesor del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Nacional de Colombia. jhestradaa@unal.edu.co

1 LACLAU, Ernesto, La razónpopulista, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2005.

2 Se trata de sectores de la militancia del Movimiento Revolucionario Liberal desencantados con la incorporación de Alfonso López Michelsen en el sistema del Frente Nacional.

3 Se trata de sectores de seguidores de Laureano Gómez y de Gilberto Alzate Avendaño.

4 Esta última, así como la inédita carta de Hernán Vergara a Gustavo Rojas Pinilla (publicadas en los anexos) se constituyen, dada la forma como Ayala construye la narrativa histórica, en piezas importantes para comprender la posición desmovilizadora de Rojas Pinilla frente al movimiento popular durante los días inmediatamente posteriores a la elección del 19 de abril. Ayala le concede a Vergara el haber inclinado la balanza a favor de una aceptación de la derrota por parte de Rojas Pinilla, mediante la apelación a las profundas convicciones religiosas de éste (pp. 220-222). Vives deja en entredicho la posición del candidato presidencial anapista y sugiere una entrega del movimiento en la sede de la Nunciatura (pp. 311-312).



Historia Crítica 33 - Enero-Junio 2007