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miércoles, 23 de junio de 2010

Partidos, guerras e Iglesia en la construcción del Estado nación en Colombia (1830-1900).

Partidos, guerras e Iglesia en la construcción del Estado-Nación en Colombia (1830-1900)

Fernán E. González


Medellín: La Carreta Editores, 2006.191 páginas.

Fernán gonzález es un reconocido estudioso de la historia política colom­biana del siglo XIX. Su obra, enfocada de manera principal al examen de temas como la construcción del Estado, las relaciones entre éste y la Iglesia, las sociabi­lidades políticas y las guerras civiles, ofrece una rica, original y detallada visión de este periodo.

El propósito de González en este nuevo libro es el de volver a la pregunta por el sentido político de las guerras civiles. No se trata de una pregunta nueva, y así lo reconoce el autor, pero sí constituye un llamado de atención a favor de una dimensión que parece haber sido dejada de lado por muchos analistas de la política en el siglo XIX. El texto es un intento de ruptura con aquella mirada simplista que, según el autor, subyace a la mayoría de los estudios sobre el tema de las guerras civiles y que, a su juicio, pasa por alto la complejidad de estos episodios como manifestaciones de problemas locales, regionales y nacionales, en los que se articulan conflictos que no siempre son estrictamente políticos (pp. 7-8).

Las premisas centrales del análisis de Fernán González en este libro son las siguientes: la primera, la más general, sostiene que las guerras civiles nacionales que tuvieron lugar durante el siglo XIX deben entenderse en función de su inserción en una intrincada serie de problemas regionales, subregionales y locales. Esta afirmación conduce a centrar la atención en aquellos conflictos que se tejen en las regiones, sobre la base de una concepción de la región en la que ésta se asume como un espacio socialmente construido a través de la historia, en el que se desarrolla una sociedad relativamente estructurada y diferenciada, con sus propios actores, su propia identidad y, sobre todo, con sus propias redes de poder (p. 66).

Las demás premisas se derivan de estas consideraciones y señalan, por un lado, que las llamadas problemáticas regionales no remiten únicamente a conflictos políticos, sino también a conflictos económicos, sociales -y al menos durante cierto momento- étnicos; y, por otro lado, que las guerras civiles, con sus enfrentamientos, alianzas y polarizaciones, juegan un papel fundamental en la consolidación de la región como construcción social, pues definen actores sociales y políticos, configuran redes de poder y contribuyen a la configuración de imaginarios políticos y referentes identitarios.

La mayor parte de los problemas estudiados por González está recogida en estos planteamientos, y su examen sigue un hilo conductor que hace referencia permanente a los modelos y procesos de construcción del Estado nacional. Así, y sobre la base de varios estudios de historia regional, los problemas tratados se presentan como condicionantes de una constitución del Estado que difiere de los modelos con los que habitualmente se estudia este proceso, que hablan de un Estado nación unificado institucional y simbólicamente, el cual se consolida como una "comunidad imaginada", tal y como lo expresa el conocido modelo de Benedict Anderson, uno de los principales referentes analíticos del autor.

Desde este punto de vista, González se propone argumentar por qué Co­lombia, durante el siglo XIX, no pudo consolidarse como una "comunidad imaginada"; para ello se apoya en la idea de que los principales obstáculos que impidieron la configuración de una nación unificada residen en la particular estructuración social de las regiones (pp. 20-22). Para el autor, tal construcción requiere una integración de territorios y pobladores, una comunidad política que articule los distintos estratos sociales y un sentido de nación común. Bajo esta concepción, las preguntas por la integración, la inclusión y la identificación aparecen como elementos clave del análisis.

El estudio de González se desenvuelve alrededor de tres ejes: la constitución de los partidos políticos tradicionales, las discusiones en torno al papel de la Iglesia en la sociedad, y las guerras civiles. Apoyado en las teorías de Norbert Elias, el autor concibe los partidos políticos como grandes coaliciones nacionales que articulan redes regionales y locales de poder, cuya constitución da cuenta de buena parte de los problemas que impidieron que Colombia se organizara como una nación, entre ellos la imposibilidad del Estado central de regir por encima de las redes de poder en un contexto de profunda fragmentación del poder, leída a través del concepto de "dominación indirecta" de Charles Tilly (p. 21); la dificultad para construir una identidad nacional más allá de la res­tringida y excluyente identificación regional; los problemas para articular las regiones y sus respectivas élites y una articulación política de la sociedad "desde arriba" que, a la manera de una "inclusión subordinada" -otro de los términos que recorre el libro-, relega la participación política de los sectores populares a mecanismos clientelistas (p. 63).

La discusión sobre el papel de la Iglesia en la sociedad y su relación con el Estado permite llevar el examen de los partidos, y en general del debate político de la época, más lejos de lo que suele ir la mayoría de los trabajos sobre el periodo. Recurriendo a perspectivas y a problemas novedosos y originales, el autor explora las relaciones entre la Iglesia y los partidos políticos a través de circunstancias como la división partidista en torno a la cuestión religiosa y la intervención de la Iglesia en la movilización de ciertos sectores políticos. Estos temas ya han sido tratados por González en lo que constituye uno de sus principales aportes a las ciencias sociales colombianas; así, el presente libro ofrece una visión condensada de su estudio a través de una síntesis de los principales problemas que, en esta materia, han sido de su interés, y que apunta a señalar que el problema religioso del siglo XIX en Colombia es mucho más importante y complejo de lo que mu­chos analistas parecen creer. En efecto, los argumentos de González indican que la cuestión religiosa constituyó uno de los puntos centrales del debate político del periodo, tan importante como los temas del orden público y la organización política del país. Al tiempo, obligan a matizar la mayor parte de las afirmaciones "clásicas" sobre el papel de la Iglesia en la sociedad, pues rompen con la idea de su movilización unidireccional a favor del partido conservador.

Por último, las guerras civiles se abordan como aquellos contextos que permiten estudiar, de manera más clara, los distintos problemas aquí señalados y las diversas tensiones y conflictos que articularon. El libro muestra cómo las ocho guerras del siglo recogieron, manifestaron y modificaron las distintas problemáticas nacionales y regionales, el curso de las alianzas y coaliciones políticas, el balance de fuerzas entre las redes de poder, la conformación de los partidos y la configuración de identidades e imaginarios políticos. Estas problemáticas se examinan sobre una narración de las guerras civiles que trata cada confrontación como parte de un conjunto de conflictos desarrollados al­rededor de unos "temas" generales que permiten al autor delimitar un criterio de clasificación de las guerras bajo tres grandes grupos: uno que abarca las tres primeras contiendas -Los Supremos (1839-1841), 1851 y 1854-, concebidas como conflictos alrededor de la definición del sujeto político; otro que comprende las guerras que representaron el auge, la crisis y la caída del sistema federal -1860, 1876 y 1885-, vistas como confrontaciones en torno a la definición del régimen político; y un último grupo que reúne las dos últimas guerras del siglo -1895 y Mil Días (1899-1902)-, trabadas en torno a una problemática de inclusión po­lítica que recuerda el "tema" central de las contiendas del primero (pp. 23-24). El hecho de que el siglo XIX colombiano se abra y se cierre con dos grupos de guerras libradas en torno a la pregunta de quién puede participar en la vida política, constituye un llamado de atención sobre la importancia del problema de la inclusión en el debate político del periodo.

Esta organización de las guerras determina la división temática del libro. Tras un primer capítulo que establece las bases analíticas del estudio, en el cual se presentan los principales modelos de la construcción del Estado nación y se sugiere qué luces pueden arrojar sobre el caso colombiano, los tres capítulos restantes están dedicados al abordaje de cada uno de los grupos mencionados, orientado por una lectura particular y apoyado en cuatro preguntas primor­diales. Se trata, por un lado, de desarrollar una visión de la historia política colombiana sustentada en una estructura de tres actores, cuyas interacciones dan cuenta de las relaciones entre región y nación en la política colombiana del siglo XIX: un grupo que controla determinado ámbito de poder, otro que se lo disputa y un grupo "nacional", aliado del segundo (pp. 65-66). Esta lectura "tripolar" permite a González descifrar la complejidad regional y subregional que caracterizó a las primeras guerras, así como las intrincadas alianzas que se gestaron en su seno. Se trata, por otro lado, de guiar el análisis a través de una serie de cuestiones que involucran los distintos problemas tratados en el libro: la génesis y el desarrollo de lo que el autor denomina una "estructura de nacionalidad y ciudadanía escindida" (pp. 31-32); las dificultades para el desa­rrollo de una conciencia de nación común; el proceso de configuración de los partidos políticos como redes de intermediarios con sus respectivas clientelas y, finalmente, el impacto de las guerras civiles sobre el plano institucional y el campo de la construcción identitaria, subjetiva y discursiva de la nación.

El capítulo sobre el primer grupo de guerras posee una notable complejidad, tanto sobre el plano de las fuentes como en relación con los problemas conside­rados, que involucran conflictos separatistas, rivalidades regionales y locales, luchas por el control de ámbitos de poder, tensiones étnicas y luchas en torno a la movilización de los sectores populares. La Guerra de los Supremos -amplia­mente abordada en la obra de González- es presentada como el punto de partida de gran parte de estos conflictos así como de la conformación y diferenciación de los partidos políticos con sus respectivas banderas divisorias. Por su parte, la guerra de 1851 -sobre la que se dice muy poco- es estudiada en relación con su contexto político, marcado por el establecimiento de las primeras reformas liberales y la reacción conservadora a éstas. El capítulo se cierra con el golpe de Meló y la guerra de 1854, episodios examinados a la luz de las complicadas alianzas que allí se produjeron, las identidades y los imaginarios políticos deri­vados de éstas y las "consecuencias inesperadas" de lo que el autor denomina la "movilización instrumental" de los sectores subalternos (p. 60).

El segundo grupo de guerras -cuyos contextos han sido objeto de mu­chos de los estudios de González- es abordado en un capítulo que recoge gran parte de los trabajos del autor sobre el periodo de la Federación y que está construido, en parte, sobre la base de un grupo de fuentes muy poco explo­radas y cuyo tratamiento constituye uno de los principales aportes del libro: los "documentos clericales", un conjunto de cartas, informes y epistolarios sacerdotales que arrojan muchísimas luces sobre la complejidad del problema religioso durante este periodo. La guerra de 1860 es estudiada con referencia a sus impactos sobre la organización política nacional y el balance de fuerzas en los ámbitos de poder. En este marco se explora una veta ciertamente novedosa, relacionada con la cuestión eclesiástica: las divergencias de los constituyentes de 1863 sobre la tuición de cultos, recogidas en el Informe de la Comisión de Asuntos Eclesiásticos de la Convención de Rionegro. Dichas divergencias sólo son una muestra de un problema sobre el que González llamará la atención a lo largo de este capítulo y del siguiente: el hecho de que tanto los partidos políticos como la jerarquía católica se encontraran profundamente atravesados por divisiones y conflictos. Este problema orienta el estudio sobre la guerra de 1876, en el cual el autor trae a colación una fuente novedosa que enriquece el abordaje de este conflicto y de sus antecedentes: el informe del II Concilio Papal Neogranadino de 1873.

A estas alturas, Partidos, guerras c Iglesia... constituye un estudio suma­mente rico en problemáticas, atravesado por un análisis minucioso que per­manentemente formula planteamientos y enfoques novedosos. Sin embargo, el examen de los acontecimientos que siguieron a la guerra de 1876, de la rebelión de 1885 y de las confrontaciones de las que se ocupa el último capítulo, se aleja de la mirada detallada de las secciones anteriores. En adelante, el interés de González parece volcarse casi por completo sobre el problema de la construcción del Estado nación, en una reducción de perspectivas que no afecta el tratamiento de temas como el de las divisiones en los partidos y en el clero, o el de la construcción de imaginarios políticos en el marco de las guerras civiles. Los anteriores tópicos, mal que bien, continúan abordándose en las últimas páginas del libro, especialmente en el contexto de la Guerra de los Mil Días, donde el autor suma a las ya conocidas divisiones -"pacifista-belicista" del liberalismo y "nacionalista-histórico" de su contraparte- la división entre el Arzobispado y el bajo clero.

Ciertamente, frente a lo que se ha producido sobre la política de la última década del siglo XIX, la parte final del libro de González plantea muy pocas cosas novedosas. La narración de las confrontaciones está construida sobre una biblio­grafía reducida, compuesta, en gran medida, por obras bien conocidas que, por momentos, se transfieren casi textualmente. La guerra de 1885 es reconstruida en su mayor parte sobre la base del célebre estudio de Gonzalo España sobre esta confrontación, al que no agrega nada nuevo. Asimismo, la breve guerra de 1895 se estudia con cierta tendencia a reproducir lo poco que al respecto mencionan los analistas de la época. Por último, el relato sobre los Mil Días retoma con singular fidelidad los estudios "clásicos" de Carlos E. Jaramillo y Charles Bergquist, al tiempo que vuelve, de manera casi literal, sobre un artículo de autoría de González publicado para el centenario de la confrontación.*

A pesar de esta reiteración -que, cabe aclarar, no va en desmedro de la calidad del conjunto de la obra- es posible identificar un elemento digno de rescate, que constituye el único aporte novedoso del libro en esta materia: el estudio de la movilización heterogénea del clero durante la guerra, una de las dimensiones sobre las que el autor aborda la complejidad de la cuestión religiosa en el debate político del periodo.

De hecho, es en el tratamiento de este campo donde radica uno de los princi­pales aportes de Partidos, guerras e Iglesia... a la historiografía política colombiana, un libro que cumple con su propósito y supera con creces las típicas miradas simplistas, a las que opone enfoques y problemas poco explorados, al tiempo que brinda los puntos de partida necesarios para estudiarlos más a fondo, ya sea en el mismo contexto o más adelante, Un buen ejemplo lo constituye la formación del imaginario político bipartidista, cuyo análisis podría extenderse a las décadas de 1930 y 1950 e iluminar la lectura de las distintas hipótesis que circulan a propósito del imaginario político de la Violencia -especialmente aquella de Daniel Pécaut que entiende la afiliación popular a los partidos políticos tradicionales como una identificación con dos "subculturas políticas" contrapuestas.*

El valor del nuevo libro de González, sin embargo, no se reduce a lo nove­doso y original de sus aportes. Al tratarse de un estudio que, así como recoge los principales problemas tratados durante su carrera, los extiende a contextos relativamente poco explorados por el autor, Partidos, guerras e Iglesia... ocupa un lugar muy importante en el conjunto de su obra. Ya sea como síntesis de más de tres décadas de labor, o como trabajo investigativo de especial calidad, este libro merece un lugar reconocido dentro de la bibliografía sobre las guerras civiles y la política colombiana del siglo XIX.


ADRIÁN ÁLZATE GARCÍA

Universidad del Valle

aalzateg@gmail.com


*Cfr. Fernán González, "De la guerra regular de los generales-caballeros a la guerra popular de los guerrilleros", Memoria de un país en guerra: I os Mil Días; 1899 -191)2, eds. Gonzalo Sánchez y Mario Aguilera (Bogóla: Pianola/ ihpri, iooi).


Reseña publicada por la Revista Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura (Santafé de Bogotá). Bajo la categoría Reseñas. No. 34, Ene.-Dic. 2007. pp. 508-513

martes, 22 de junio de 2010

Mujeres obreras y construcción de identidades sociales: Cali 1930-1960.

Mujeres obreras y construcción de identidades sociales. Cali 1930-1960

Bermúdez, Rosa Emilia

Medellín: icesi/ La Carreta Editores, 2007.191 páginas.


Rosa Emilia Bermúdez -economista con maestría en sociología, actualmente profesora de la Universidad ICESI de Cali- nos presenta un estudio de caso de las trabajadoras de la fábrica Croydon de la misma ciudad entre 1937 y 1959. No estamos ante un denso texto teórico sobre la formación del proletariado femenino en la capital vallecaucana, sino ante un juicioso análisis empírico del origen y desenvolvimiento histórico de 910 trabajadoras de dicha fábrica, sobre las cuales la autora tuvo la fortuna de revisar tanto sus hojas de vida e historias clínicas como la documentación de la empresa en los años de estudio. Esta información fue complementada con la realización de once entrevistas y enmarcada por las estadísticas laborales disponibles sobre la ciudad. En el carácter concreto del estudio de caso, producto del trabajo de grado para optar el título de magíster en sociología de la Universidad del Valle, residen las virtudes y limitaciones del libro, como vamos a ilustrar a continuación.

La autora hace el recuento de la historia de las trabajadoras de la empresa Croydon entre 1937 y 1959, en tres capítulos precedidos de una breve introduc­ción y seguidos de unas conclusiones, también breves. Desde el inicio, precisa que su objeto de investigación es la historia social de las trabajadoras de dicha empresa, la cual se establece en Cali en 1937 con capital extranjero y se dedica inicialmente a la fabricación de calzado y juguetería, para luego incursionar en la producción de llantas y neumáticos, según las necesidades de la economía. La autora intenta abarcar las primeras generaciones -hasta el año 1959- aunque también incursiona en periodos más recientes. A pesar de que menciona que existen pocos estudios sobre mujeres trabajadoras, y menos para Cali, extra­ñamos que no se haga un balance historiográfico que permita establecer con mayor rigor el "estado de la cuestión".

Una vez precisados los alcances y la metodología de su investigación, Rosa E. Bermúdez describe, en el primer capítulo, el contexto de la formación del proletariado femenino en Cali. Con un minucioso recuento estadístico, a veces un poco confuso en su redacción, ilustra sobre el peso cuantitativo y las activi­dades de las mujeres trabajadoras caleñas en la primera mitad el siglo XX. Así se constata que, como ocurre en general en el país, ellas disminuyen su presencia relativa en el mundo laboral al pasar de constituir el 38% de la fuerza de trabajo local en 1938, al 28% en 1951. Sin ser una investigación sobre los empresarios, el texto retrata en pocas páginas el estado de la naciente industria caleña, a la cual las mujeres se van vinculando, especialmente a las trilladoras de café.

Las trabajadoras, por lo general, provienen de familias rurales del mismo departamento, no sin antes haber pasado por alguna fábrica o tener experiencias con el mundo urbano antes de ingresar a Croydon. Su perfil generacional parece coincidir con el hallado en otras ciudades del país: hijas, jóvenes y solteras. La autora encuentra en el caso estudiado unos rasgos que no sólo explican ciertas condiciones laborales en la misma empresa sino que matizan algunas generali­zaciones que se han hecho para otras regiones: la maternidad -que desarrolla en el siguiente capítulo- es más aceptada que en Antioquia; además se evidencian altos índices de orfandad y de bastardía o ilegitimidad. A juicio de la autora, estos últimos estigmas sociales explican la aparente sumisión de las primeras trabajadoras de Croydon, punto que también rebatirá más adelante.

En el capítulo segundo, Bermúdez describe parte de la cotidianidad de estas mujeres en la fábrica. Así se analizan las relaciones laborales marcadas por el paternalismo en sus fases iníciales, a pesar de enfrentar a empresarios extranjeros, y la afectación que el trabajo hace en los cuerpos de las trabajadoras en cuanto a enfermedades epidémicas y las derivadas de la mala nutrición. Adenitis, en este capítulo se desarrolla el ya señalado tema de la maternidad. La autora redondea este apartado haciendo un recuento de las respuestas a las condiciones laborales, que si bien no siguen una secuencia temporal, muestran énfasis por periodos: así, por ejemplo, en los primeros años, las trabajadoras se inclinan más por la cooperación y el consentimiento, pero a medida que pasa el tiempo van combinando esta respuesta con una acción sindical que toma vigor a finales de los años 50, incluso con la huelga de 1958 contra la aplicación de la técnicas tayloristas en la empresa. Sin embargo, el lector queda sin saber qué resultó de este conflicto laboral, porque la autora salta a otro periodo: el traslado de la fábrica de calzado a Bogotá a finales de los años 60, para concentrar la sucursal de Cali en la producción de llantas. Este paso va a representar un problema para las obreras, pues no todas pueden desplazarse a la capital del país por razones familiares. Algunas se resisten y se retiran, otras aceptan y se trasladan, mientras las menos se quedan soportando oficios de "machos".

El tercer y último capítulo aborda dos temáticas: la presencia de las trabajado­ras de Croydon en la ciudad y sus inclinaciones políticas. En relación con el primer punto, Bermúdez ilustra los lugares de vivienda de ellas, concentradas en dos barrios: el San Nicolás y El Obrero. Con el tiempo van diversificando sus lugares de habitación, pero permanecen muy ligadas a las zonas obreras y artesanas, en donde se va "cocinando" una "cultura" particular. Los hábitos de consumo y el uso del tiempo libre hacen parte de dicha cultura, dentro de la que llama la atención el grato recuerdo que tienen las trabajadoras del cine vespertino o dominical. Allí no sólo conocieron a Pedro Infante o María Félix, sino que vieron experiencias de vida distintas de la que cotidianamente vivían ellas. En ese contexto urbano y crecientemente secular se entiende la inclinación de muchas trabajadoras tanto por el ideario liberal y la devoción por Jorge Eliécer Gaitán, como por el impacto negativo de los primeros hechos de violencia interpartidista en Cali: el 9 de abril de 1948 o la masacre de la Casa Liberal de octubre del año siguiente.

La obra concluye con una apretada síntesis de los hallazgos de la investi­gación y sugiere la necesidad de estudios de caso comparados que permitan construir un cuadro más completo del mundo del trabajo en la primera mitad del siglo XX. Deja planteadas tres preguntas para futuras investigaciones: la constitución de las trabajadoras como sujeto social, la transmisión de valores entre generaciones obreras y el significado de la presencia de técnicos extranjeros en las nacientes industrias nacionales.

A modo de balance del libro reseñado, coincidimos con la prologuista, profesora Luz Gabriela Arango, en los tres aportes de la obra de Rosa Emilia Bermúdez: la experiencia del trabajo femenino en una rama masculina; las complejas relaciones de las trabajadoras con sus familias; y la vida urbana y política de ellas en Cali. Como anotamos, la autora realiza un juicioso estudio de caso aunque esa misma ventaja narrativa limita los alcances de sus hallazgos, un problema que siempre tendrán los estudios concretos. Igualmente, el celo empírico la cohíbe, con frecuencia, de hacer mayor interpretación de los pun­tos esbozados y de aventurar hipótesis explicativas de fenómenos que han sido abordados por la literatura teórica y comparativa sobre el tema. Lo anterior, más que un defecto de la obra, es consecuencia del enfoque metodológico adoptado; incluso para algunos será una virtud.

Con todo, consideramos que hubo un aspecto teórico no abordado con profundidad por Bermúdez, lo cual limita los alcances de su libro. Nos referi­mos al asunto del género en la historia laboral. No se necesita ser feminista para reconocer que las mujeres ocupan un lugar secundario no sólo en la familia sino que eso se reproduce, por la vía del paternalismo asociado al patriarcalismo, en el mundo del trabajo hasta nuestros días. La autora aporta datos para ilustrar dicha desigualdad, aunque no intenta explicarla. Así, quedan en el aire denuncias como la que se hace en la conclusión, de que a pesar de la presencia cuantitativa de las mujeres en las nacientes fábricas, ellas han sido "invisibilizadas por una gran representación social del obrero-varón" (p. 161). La autora advierte insis­tentemente en las diferencias de género en cuanto al destino de los ingresos por el entramado familiar al que estaban atadas (p. 69); las dificultades para transitar la ciudad de noche (p. 78); la pertenencia a un sindicato manejado por los hombres (p. 113); el esfuerzo físico en ciertas tareas que eran para "machos" (p. 115); las formas de consumo y ahorro (p. 146); e incluso hasta en la partici­pación diferenciada en el 9 de abril de 1948, pues según una entrevistada, "los que salían eran los hombres a revolucionar, a destruir" (p. 161). En estos pasajes, que son apenas algunos ejemplos de los muchos que se mencionan en el libro, esperábamos alguna reflexión sobre las diferencias de género, además de las de clase, las cuales, dicho sea de paso, son mejor desarrolladas por la autora.

En pocas palabras, si bien estamos ante un texto que aporta a la historia social de las trabajadoras desde el estudio de un caso, no podríamos decir lo mismo en relación con la historia de las relaciones de género. Tal vez por ello la autora confiesa al final que queda pendiente la profundización de lo relacionado con la constitución de las trabajadoras como sujetos sociales. Esperamos que este vacío sea llenado por futuras investigaciones de Rosa Emilia Bermúdez, así como por otras y otros historiadores. Por ahora tenemos una pintura, juiciosamente construida y bien narrada, de las primeras generaciones de trabajadoras de la fábrica de Croydon en Cali.

MAURICIO ARCHILA NF.IRA

Universidad Nacional de Colombia, Sede Bogotá

marchilan@unal.edu.co



Reseña publicada por la Revista Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura (Santafé de Bogotá). Bajo la categoría Reseñas. No. 34, Ene.-Dic. 2007. pp. 500-503