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martes, 1 de noviembre de 2011

“Normas nunca serán suficientes para conservar y facilitar
acceso a patrimonio bibliográfico y documental”: Renán Silva

“Normas nunca serán suficientes para conservar y facilitar acceso a patrimonio bibliográfico y documental”: Renán Silva

25 de octubre de 2011

Este sociólogo antioqueño abrirá el ciclo de conferencias que acompañarán el Segundo Simposio Nacional de Patrimonio Bibliográfico y Documental.

Al Simposio, organizado por el Ministerio de Cultura, a través de la Biblioteca Nacional de Colombia, y que se realizará en Bogotá entre el 31 de octubre y el 3 de noviembre, asistirán 32 especialistas nacionales y extranjeros con experiencia en la gestión del patrimonio registrado en diferentes soportes y la formulación de políticas, entre otros temas.


Este encuentro, para el cual ya no hay inscripciones, se desarrollará por medio de conferencias, charlas, y paneles especializados. Su estructura se diseñó bajo dos modalidades: Memorias y Patrimonio, y las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC), una nueva era en la gestión del patrimonio bibliográfico y documental y el trabajo en red.


Toda esa actividad comenzará con la conferencia de Silva ‘El patrimonio bibliográfico documental como repertorio cultural significativo para un país’, que se llevará cabo el próximo 31 de octubre, en la sede de la Biblioteca Nacional de Colombia, desde las 5:30 de la tarde.


Silva estudió sociología en la Universidad de Antioquia y hace parte del equipo de docentes del Departamento de Historia de la Universidad de Los Andes. Cuenta con un doctorado de la Universidad de Oxford S-T Antony’s College (EE.UU.) Academic Visitor1999-2000, y otro en Historia, de la Université de París I (Panthéon - Sorbonne), París (Francia).


Es autor, entre otras publicaciones, de ‘República Liberal, intelectuales y cultura popular’ (La Carreta Editores, 2005); ‘La Ilustración en el virreinato de la Nueva Granada. Estudios de historia cultural’ (La Carreta Editores, 2005); ‘Saber, cultura y sociedad en el Nuevo Reino de Granada, siglos XVII Y XVIII’ (La Carreta Editores, 2004); ‘Prensa y Revolución afínales del siglo XVIII. Contribución a un análisis de la formación de la ideología de independencia nacional’ (La Carreta Editores, 2004); ‘Contribución a un análisis histórico de los procesos de apropiación de modelos culturales’ (1992); ‘Universidad y sociedad en el Nuevo Reino de Granada’ (1992); ‘Los ilustrados de Nueva Granada 1760-1808: genealogía de una comunidad de interpretación’ (2002).


Desde su experiencia y formación, Silva se refiere a lo que espera que sea el Segundo Simposio de Patrimonio Bibliográfico y Documental, y también habla de la importancia de este tipo de eventos para países como Colombia.


Ministerio de Cultura / Jaime Acuña Lezama: ¿Qué expectativas tiene del Segundo Simposio de Patrimonio Bibliográfico y Documental?

Renán José Silva: Las mejores. La reunión de especialistas generosos, que estén interesados en estabilizar un lenguaje que les permita comunicarse más allá de toda jerga torpe de falsos iniciados y de gentes que buscan distinción a cualquier precio, debe ser una seria y meditada colaboración a un problema que es al tiempo público y técnico y de primera importancia cultural.


MC: ¿Qué significado puede tener el patrimonio bibliográfico y documental para un país?

RJS: No es difícil imaginar que no debe ser un solo significado, y que hay que distinguir dos hechos. Uno es el de los significados históricos que ha tenido en una sociedad el patrimonio bibliográfico y documental. Otro es el significado que hoy en día y pensando en el futuro debería tener ese patrimonio. Este segundo problema es de gran complejidad en una democracia, pues plantea tanto definiciones legales (locales), como acuerdos con marcos internacionales que también producen normas, lo mismo que conocer la opinión de los especialistas y la propia opinión ciudadana, no solo por razones culturales, sino porque se trata de un bien público, así el acceso a tal bien no sea directo y sea condicionado.


MC: ¿Por qué son importantes las bases legales de una política para proteger el patrimonio bibliográfico y documental de un país, en este caso Colombia?

RJS: Las normas y estatutos legales nunca serán suficientes para la conservación, ampliación y facilidad de acceso al patrimonio bibliográfico y documental. Pero siempre serán necesarios tales estatutos y normas. Particularmente las zonas vacías, sin reglamentación, son la oportunidad de malos usos, de abusos, de abandono de partes esenciales del patrimonio documental y bibliográfico de una sociedad. Además, difícilmente puede intentarse la ampliación de apoyos y de presupuestos y el proyecto de formación de personal especializado, en un dominio que se encuentre en una zona de vacío, que lo convierte en un objeto sin vida institucional reglamentada.

MC: ¿Cuál es el papel de las universidades en relación con la promoción, conservación y preservación del patrimonio bibliográfico y documental?

RJS: Hay la idea de que a las universidades les corresponde cumplir funciones frente a todo lo que puede ser imaginable en el terreno del pensamiento y de la acción. Esa tendencia puede ser una simple exageración respecto de las posibilidades de las universidades, que en realidad no son muy grandes. Hay que suponer que un conjunto muy variado de instituciones públicas y privadas, academias de ciencias de diversa índole, grupos filantrópicos, gentes especializadas, y desde luego las universidades pueden tener parte importante en el proceso de formular y aplicar políticas culturales avanzadas y claras respecto del patrimonio. Claro, si una universidad o institución educativa tiene programas de formación que tienen relación directa y especial con este tipo de procesos –por ejemplo, las escuelas de bibliotecología, las de historia, las de arte, etc.–, pues deberá plantearse de manera más aguda y especializada cómo llevar una fuerte conciencia sobre la importancia del patrimonio al conjunto de la ciudadanía.


MC: ¿Cuáles de las experiencias a nivel mundial lo han impactado más en lo que se refiere a la promoción, conservación y preservación del patrimonio bibliográfico y documental?

RJS: La tradición europea desde el siglo XVIII ha sido muy rica en estos campos. La labor de organismos internacionales –en este caso, la UNESCO– ha sido crucial; pero por ahora el contrabando, los negocios clandestinos de elementos del patrimonio, han seguido imponiendo parte de su ley de mercado de circulación de bienes, que a todos les pertenecen. Pero, además, la guerra, –¡y no sólo en Irán, donde la destrucción fue brutal!–, sigue recordando que el trabajo de los especialistas, de las gentes de cultura y de los filántropos pierde toda su eficacia, cuando se trata de los poderes, del petróleo, de la riqueza, etc.


MC: ¿Cuáles cree usted que han sido las pérdidas más valiosas que ha tenido Colombia en materia de patrimonio documental o bibliográfico?

RJS: Es difícil evaluarlas cuando no se tiene un verdadero inventario. Muchas universidades del mundo están llenas de papeles y de riquezas arqueológicas nacionales. Habría que hacer un proyecto de investigación para hacer el inventario de lo que tenemos extraviado. Pero hay que agregar dos cosas que me parecen más importantes: en primer lugar, lo que se ha avanzado y mejorado en este campo; y en segundo lugar, lo que diariamente seguimos perdiendo de ese patrimonio invisible, no notable a primera vista, que simplemente vamos abandonando y destruyendo dominados por la idea de lo desechable y la modernidad tecnológica. Demos un solo ejemplo en el caso de la educación: los viejos tableros y asientos, la tiza, las reglas y los arreglos visuales de las aulas de escuela (mapas, imágenes de próceres, etc.), los viejos textos escolares, etc. Ni siquiera se toman fotografías. Simplemente se arroja. Para reconstruir este patrimonio habría que ir a muchas escuelas pobres de zonas lejanas, en donde a lo mejor se conservan como producto del abandono y del cuidadoso amor de algún maestro o maestra.


Consulte la programación del Segundo Simposio Nacional de Patrimonio Bibliográfico y Documental en el siguiente enlace: http://www.bibliotecanacional.gov.co/?idcategoria=41749



Foto tomada de: http://www.colarte.com/colarte/foto.asp?idfoto=252542 REVISTA ARCADIA 2007.



Tomado del Ministerio de Cultura: http://www.mincultura.gov.co/?idcategoria=45836

miércoles, 23 de marzo de 2011

Artículo publicado en: Libération

La atracción de la guerra [1]

Tzvetan Todorov

Contraviniendo el unanimismo estúpido de los partidos políticos y de los comentaristas a favor de la intervención militar en Libia, el historiador Tzvetan Todorov recuerda que «el orden internacional encarnado en el Consejo de seguridad consagra el reino de la fuerza, no del derecho» y que por ello mismo la garantía de legitimidad de su aprobación es discutible.

La intervención militar en Libia ha suscitado en Francia un coro de aprobaciones provenientes tanto de los partidos representados en el Parlamento, como ocurrió cuando la guerra de Afganistán, como de los comentaristas. Se escucha decir que Francia acaba de propinar un gran golpe. Al jefe enemigo ya no se lo designa con superlativos; ahora se ha convertido en el demente, el loco, el verdugo, el tirano sanguinario, cuando no se lo reconvierte a sus orígenes de «astuto beduino». Los eufemismos están a la mano, en lugar de decir que se debe matar sin contemplación, se dice «que hay que asumir sus responsabilidades»; tampoco se dice disminuir el número de cadáveres, sino proceder «sin fracturas excesivas». Se justifica la entrada en la guerra con comparaciones azarosas: no intervenir habría sido repetir los errores cometidos en España en 1937, en Múnich en 1938, en Ruanda en 1994... Quienes se toman su tiempo son estigmatizados: Alemania no ha estado a la altura, Europa ha manifestado una pusilanimidad desconcertante –al menos que no sea su habitual pusilanimidad. Los partidos emergentes son responsables de no querer correr riesgos –¡como si los llamados a la guerra de la capital francesa estuvieran exentos de ellos!

Es cierto que a diferencia de la guerra en Irak, la intervención en Libia ha sido aprobada por el Consejo de seguridad de las Naciones unidas. ¿Pero legalidad quiere decir legitimidad? En la base de la decisión se encuentra un concepto introducido recientemente, la responsabilidad de proteger a la población civil de un país contra las maniobras de sus propios dirigentes. Sin embargo, desde el instante en que esta «protección» significa intervención militar de otro Estado y no asistencia humanitaria, no se entiende cuál es la diferencia con el «derecho de injerencia» que los países occidentales se habían arrogado hace algunos años. Si cada país pudiera decidir que tiene derecho a intervenir los países vecinos para defender los derechos de una minoría maltratada, estallarían numerosas guerras en un segundo. Basta pensar en los Chechenos en Rusia, en los Tibetanos en China, en los chiitas de países sunitas (e inversamente), en los Palestinos en los territorios ocupados por Israel… Ciertamente, sería indispensable para ello una autorización del Consejo de seguridad. Pero este Consejo tiene una particularidad, que al mismo tiempo es su pecado original: sus miembros permanentes disponen de derecho de veto sobre todas sus decisiones, lo que los coloca por encima de la ley que dicen encarnar: ¡ni ellos ni los países a quienes escogen par darles apoyo pueden ser jamás condenados! Todavía peor: para escapar al veto, intervienen sin autorización de las Naciones unidas, como ocurrió en Kosovo o en Irak. La invasión armada en este último país, conducida bajo un pretexto engañoso (la presencia de armas de destrucción masiva), tuvo como consecuencia centenas de miles de muertos; sin embargo, los países responsables no fueron objeto de la mínima sanción oficial. El orden internacional encarnado en el Consejo de seguridad consagra el reino de la fuerza, no del derecho.

Pero se dice que esta vez al menos se defienden principios, no intereses. ¿Seguro? Francia ha sostenido por años su apoyo a las dictaduras de los países vecinos, Túnez y Egipto; al decidir ahora respaldar a los insurgentes en Libia, espera restaurar su prestigio. Al mismo tiempo hace demostración de la eficacia de su armamento, lo que la coloca en posición de fuerza para futuras negociaciones. Sobre el plano interno, conducir una guerra victoriosa – además, en nombre del Bien- realza siempre la popularidad de los dirigentes. Consideraciones similares se encuentran en Estados Unidos y en Gran Bretaña. Se ha destacado el apoyo representado por la Liga árabe (antes de que comenzaran a cambiar de opinión): ¡es raro que las opiniones de este organismo sean tan apreciadas en Occidente! Observando más de cerca, los Estados que en ella se reúnen tienen distintos intereses en juego en este asunto. Arabia saudita y sus aliados están dispuestos a sostener a los Occidentales en contra del rival libio, porque ello les permite reprimir impunemente sus propios movimientos de protesta. Los Saudíes, poco reputados por sus instituciones democráticas, ya han intervenido militarmente en Bahréin y han alentado la represión en el Yemen: en estos Estados vecinos, escogieron «proteger» a los dirigentes en contra de la población.

El coronel Gadafi masacra su pueblo: ¿no deberíamos estar de acuerdo en poder impedírselo, independientemente de las justificaciones manifiestas u ocultas de este acto? El inconveniente es que la guerra es un medio tan poderoso que hace olvidar el fin que persigue. Sólo los video juegos permiten destruir los armamentos sin tocar a los seres humanos de su entorno; en las guerras reales, incluso los «golpes quirúrgicos» más precisos no permiten evitar los «gastos colaterales», es decir las muertes, la destrucción, los sufrimientos. Por esta vía uno se involucra en un cálculo incierto: ¿las víctimas y los daños serán más o menos mayores que si no se hubiera dado la intervención? ¿No existía verdaderamente otro medio de impedir la masacre de la población civil? ¿Una vez desencadenada la guerra, no se corre el riesgo de adelantarla por su propia lógica, apartándose del espíritu de la resolución inicial? ¿No se comprometerán los impulsos democráticos de la población al hacerlos dependientes de antiguos países colonialistas?

No existe guerra limpia ni guerra justa, solamente guerras inevitables, como la Segunda Guerra mundial dirigida por los Aliados; este no es el caso en la actualidad. Antes de entonar un himno a la gloria de esta alianza ciertamente mejor que las anteriores, sería tal vez conveniente meditar en las lecciones que, hace doscientos años, Goya había sacado de otra guerra dirigida en nombre del Bien, la de los regimientos napoleónicos que aportaban los derechos del hombre a los Españoles. Las masacres cometidas en nombre de la democracia no son más fáciles de soportar que las ocasionadas por la fidelidad a Dios o a Alá, al Guía o al Partido: unas y otras conducen a los mismos desastres de la guerra.

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Artículo publicado el martes 22 de marzo en Libération. El autor autorizó esta nueva publicación en Mediapart.



[1] Título del original: “L’attraction de la guerre”, publicado inicialmente en Libération , el 22 de marzo de 2011. Se reprodujo con autorización del autor en Mediapart, en la misma fecha. La traducción es de Luis Carlos Arboleda.